Ya te estabas acercando y yo ya traía ganas. Esos labios no
se iban a besar solos y yo me iba a quitar estas pinches ganas de no mames solo
viéndote hablar. Ya estaba esperando demasiado para que nos dejaran solos, ya
estaba llegando a impacientarme, ya casi se termina mi cordura. Aun así ella
seguía abrazándote y cada vez que pegaba sus manos en tu cintura yo pegaba las
mías a tu hombros, como reclamando mi territorio. Hasta que te soltaba y se iba
a cuidar lo que realmente era de ella. Sabía que estaba igual que yo, muriéndote
en ganas, ardiendo en deseo por besarnos, solo por el puro gusto. Varias ocasiones
corrimos a la cocina pero ella cual perro fiel seguía tu olor y se posaba a tu
lado como retándome a besarte en frente de ella, como orinándote, como si
fueras su territorio. Servimos la comida y seguíamos todo muy alerta, tú de mí,
yo de que ella se fuera y desapareciera, y ella de que no hiciéramos nada indebido.
Comimos muy en paz, muy bajos de guardia, respetando la comida, que al parecer
todos nosotros la creímos sagrada. Era como comer con los enemigos y con el motín.
Hacíamos chistes de nosotros, veíamos el futuro en el plato de sopa, pero cada
quién diferente. Seguramente tú la veía fuera de tu vida, yo te veía comiéndote
mi boca y porque no mi cuerpo también, ella podría apostar mi vida a que me
veía muerta y dejándote de seducir. Cuando terminamos de comer dejaos de
respetar la mesa y levantamos nuevamente las armas para pelear. No estaba
cansada, pude haber seguido dándole batalla toda la noche, toda la vida si
quisiera, al final sabía que yo iba a ganar. No quise levantar la mesa sola,
seguro ella te iba a decir algo, seguro te iba a reclamar de que soy una impropia,
que ando queriéndote besar, queriéndote coger. Pero tú lo ibas a negar, aunque
tengas las mismas ganas de todo. –Con permiso, voy a pasar a tu baño, ¿Dónde está?-
Me interrumpió tu esposa, tu novia, pues la madre de tu hija justo cuando me
estaba mordiendo la boca para no atacarte al momento. –Aquí de frente, la luz
está afuera, pásale.- Es una invitación a salirte del habitad pensé, pero solo
pensé, porque si se lo hubiera dicho seguro te toma de la mano te jala y en mi
vida te vuelvo a ver y te vuelvo a querer comer la boca. Nos levantamos haciéndole
segunda, haciéndole creer que también íbamos a levantar la mesa y nada iba a
pasar. Pero en el momento en que salió al baño comenzamos a reír, nos
comunicamos con los ojos y eso era lo que daba risa, que seguía existiendo la misma
química. Seguía conociéndote de principio a fin, seguía completándome poquito.
Pero eso no importaba, yo solo quería besarte otra vez. Y levantando nuestros
platos pensé en él. Pero él ya no estaba en mi vida y tus ojos gritaban que te
besara. Si no fue porque no quería obviedad no aventé los platos y te aventé a
ti a la mesa. Te hubiera quitado esa camisa que siempre te quedó tan bien te
hubiera besado el cuello otra vez, te hubiera enseñado más que la primera vez
que nos dimos la oportunidad. Pero no, solo dejamos los platos en la mesa y nos
comenzamos a besar, puse mi brazo en tu cuelo y te jalé fuerte hacia mí, me
tomaste de la cintura y oímos como se abrió la puerta del baño. -Demasiado tarde
ya nos besamos- me dieron ganas de gritarle. Asomó su cabeza por la pared y
alcanzó a ver cómo nos estábamos separando, quizá hasta alcanzó a ver el pinche
besote de no mames que nos estábamos dando. Y seguía sin importarte lo que iba
a decir. Giré la cabeza para ver su cara, era la misma que la de la vez pasada,
boca abierta, ojo salton, solo que estaba vez traía a tu hija tomada de la mano.
Corrió afuera de mí casa y no te vi ir atrás de ella. Giré la cabeza hacia
donde te había dejado después del beso y seguías ahí. Esperando a que ahora si
nos dejara solos, seguías retándome a besarte otra vez ahora que no había nadie
para interrumpir.
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